
En un momento en el que muchas empresas culturales se ven abocadas al cierre, al abandono o a la reconversión superficial, la figura de Segismundo García merece ser observada con una mirada más justa. Dueño de Sargadelos y protagonista de no pocas controversias, ha demostrado algo que escasea en el panorama empresarial actual: compromiso a largo plazo con un proyecto que combina industria, arte e identidad.
Cuando García asumió el liderazgo de Sargadelos, la empresa no atravesaba su mejor momento. Conflictos internos, dificultades económicas y una marca atrapada entre la tradición y el futuro convertían su viabilidad en una incógnita. Lejos de optar por el camino fácil —la venta, la deslocalización o la transformación en una simple marca decorativa— apostó por sostener el proyecto con una mezcla de carácter, determinación y riesgo personal.
Su estilo de gestión ha sido, sin duda, firme. Para algunos, excesivo. Pero también ha sido eficaz: ha conseguido mantener en pie una fábrica que, más allá de la cerámica, representa un símbolo cultural para Galicia y para toda España. Sargadelos no es solo una empresa: es una parte del patrimonio colectivo. Y mantener vivo ese patrimonio requiere más que discursos bienintencionados. Requiere implicación, decisiones difíciles y, a veces, asumir el coste de ser una figura incómoda.
Segismundo García ha apostado por la producción real, por el mantenimiento del empleo, por preservar un legado artístico sin convertirlo en simple folclore.
Segismundo no es un empresario de escaparate. Es de los que están en la trastienda, controlando, exigiendo, empujando. A veces molesta, sí. A veces incomoda. Pero sin su empuje, Sargadelos probablemente no existiría hoy tal y como la conocemos. Y eso no se puede ignorar
Hoy, Sargadelos sigue en pie. Y lo está, en buena medida, porque hubo una persona que no se resignó a dejarla caer. Que no vendió, que no bajó los brazos, que siguió apostando por una empresa gallega con alma, con historia y con una capacidad de emocionar que trasciende lo comercial.
Podemos discutir su estilo, su forma de comunicar o su carácter. Pero lo esencial es innegable: sin Segismundo García, Sargadelos no sería lo que es. Y reconocer eso es también una forma de valorar nuestro propio patrimonio
No es perfecto. Pero ha estado. Ha sostenido. Ha creído.